Este artículo es parte de una serie de investigación periodística de varios meses con viajes a Tanzania y Uganda financiada por dos becas de Journalismfund.eu. Los textos son obra de David Soler y Soraya Aybar con fotografías de Pablo Garrigós, además de la colaboración en el terreno de la periodista ugandesa Halima Athumani. Cualquier reproducción parcial o completa de este trabajo es ilegal y será demandada ante los tribunales.

La brisa del mar es mano de santo a última hora de la tarde en Tanga. Después de un largo día de trabajo, nos sentamos en la terraza del hotel. Desde ahí, alcanzamos a ver tres de los barcos que participarán en la futura extracción de petróleo desde el puerto de Chongoleani a través del Oleoducto de África Oriental (EACOP, por sus siglas en inglés). La verdad, impacta. Ahí, entre el griterío de los pescadores que se preparan para salir a afanar en el turno de noche y la plausibilidad del lugar, un megaproyecto de petróleo mermará la tranquilidad de la costa y la supervivencia de la vida marina.
Al otro lado de uno de los mercados locales más frecuentados por la población de Tanga, están comenzando a aplanar la zona para el futuro puerto de salida del petróleo. La terminal ocupará alrededor de 72 hectáreas de terreno y tendrá una capacidad de almacenamiento para unos dos millones de barriles de petróleo, distribuidos en cuatro tanques calentados como mínimo a 63 grados centígrados.
“La mayor preocupación es que se produzca un derrame. Sería catastrófico”, apunta David Obura, director del Centro de Investigación y Desarrollo de Océanos Costeros en la zona del Océano índico de África Oriental. “Aun así, va a haber más contaminación en general. El tráfico marítimo, la pintura de los barcos o el combustible son tóxicos para los corales de la zona”, añadió.



