Sin datos no hay respuesta humanitaria: lo que veo cada día en el Sahel
🌍 La falta de financiación y el deterioro de los sistemas de monitoreo están dejando “zonas ciegas” en una de las regiones con mayor inseguridad alimentaria del mundo.
Amina (nombre ficticio) huyó de la violencia en Níger hace casi veinte años. Desde entonces sobrevive desplazada, criando a nueve hijos entre campos de refugiados y asentamientos informales, marcada por el hambre y la falta de agua y atención sanitaria. Pero su historia no aparece en las estadísticas. En esta tribuna, Paloma Martín de Miguel, responsable de operaciones de Acción contra el Hambre en África, alerta de una crisis crónica en el Sahel que se agrava mientras pierde visibilidad y datos fiables.
Una tribuna de Paloma Martín de Miguel, responsable de operaciones de Acción contra el Hambre en África
Amina (nombre ficticio) es madre de nueve hijos y vive en el exilio forzado tras huir de la violencia en su pueblo de Níger. Después de casi dos décadas desplazada, ha pasado por ciudades, campos de refugiados y asentamientos informales, enfrentando miedo, hambre y sin apenas acceso a agua y servicios de salud.
Pero Amina no aparece en ninguna estadística reciente. No está en los últimos gráficos, ni en los mapas que circulan en las reuniones de coordinación humanitaria. Sin embargo, existe. Tiene nombre, rostro y una historia que se repite millones de veces en el Sahel africano. Una historia que, como tantas otras en la región, los informes pasan por alto.
El Sahel: una emergencia crónica que casi nadie ve
Soy la responsable de operaciones de Acción contra el Hambre en África, y trabajo desde hace años en la región del Sahel. Sé que países como Níger, Malí o Mauritania son algunos con mayores niveles de inseguridad alimentaria y desnutrición del mundo. Detrás de esta realidad hay conflictos armados persistentes, desplazamientos forzados, crisis climáticas recurrentes —sequías e inundaciones— y el colapso progresivo de los medios de vida tradicionales. Las cifras disponibles son alarmantes: en Níger más de 1,6 millones de niños sufrirán desnutrición aguda en el próximo año; en Malí, más de 6 millones de personas necesitan ayuda humanitaria; en Mauritania, decenas de miles de niños y mujeres están en riesgo nutricional crítico.
Sin embargo, estos datos probablemente se quedan cortos. Los recortes de financiación, la inseguridad y la falta de acceso están debilitando los sistemas de monitoreo nutricional, y en ciertos casos, en crisis menos priorizadas, trabajamos con información antigua que no refleja la realidad actual. Yo lo veo sobre el terreno: campos secos, mercados vacíos, centros de salud saturados y niños que llegan demasiado tarde a tratamiento. La falta de datos crea una ilusión de estabilidad. Y esa ilusión mata.
Lo que significa trabajar casi a ciegas
Para quienes trabajamos en acción humanitaria, los datos no son un lujo técnico. Son lo que nos permite decidir dónde intervenir, a quién priorizar, cuántos recursos movilizar. Sin información fiable, es como intentar apagar un incendio con los ojos vendados.
Cuando no entendemos bien las necesidades reales, las respuestas se vuelven menos eficaces. Se planifica tarde, se llega tarde y se salva a menos personas de las que podríamos. Y para las familias, la falta de datos se traduce en algo muy concreto: abandono. No entienden por qué la ayuda no llega, por qué los programas se cierran, por qué nadie parece escuchar lo que están viviendo.
Puede que Amina no sepa cómo funcionan los sistemas de monitoreo nutricional. Pero sí sabe lo que es que su hijo se acueste sin comer, que el pozo se seque, que el centro de salud no tenga alimentos terapéuticos. Sabe lo que es esperar una solución que nunca llega. Sabe lo que es que su vida no cuente porque es invisible.
Lo que siento como responsable de operaciones
Lo más duro de mi trabajo no son las cifras, ni la logística imposible, ni los contextos inseguros. Es la sensación de estar gritando en un desierto informativo.
Ver una crisis que afecta a millones de personas y saber que no recibe atención proporcional genera una mezcla de frustración e impotencia difícil de explicar. Sabemos qué hacer, sabemos cómo prevenir muchas muertes, pero nadamos a contracorriente frente a la falta de datos y el desinterés internacional.
Me duele pensar que hay niños que no serán tratados simplemente porque no “existieron” a tiempo en un informe.
Si tuviera que explicarlo a alguien que nunca ha estado allí
Le diría esto: el hambre no siempre se ve en imágenes espectaculares. Muchas veces es silenciosa, lenta, crónica. Se instala durante años hasta volverse normal. Y cuando se vuelve normal, deja de importar.
Pero cada niño desnutrido que no se detecta a tiempo es una oportunidad perdida de salvar una vida con algo tan simple como tratamiento nutricional básico. Cada dato que no se recoge es una familia más que queda fuera del radar.
Sin datos no hay decisiones. Sin decisiones no hay respuesta. Y sin respuesta, lo que hay es muerte evitable.
¿Qué pasará si seguimos así?
Sin datos, veremos más emergencias invisibles, más crisis subestimadas, más niños llegando tarde —o no llegando nunca— a los sistemas de atención. Veremos recursos mal asignados, respuestas improvisadas y un aumento real de la mortalidad infantil.
El Sahel no necesita solo más ayuda. Necesita ser visto. Medido. Escuchado. Porque mientras no existan datos sólidos, millones de personas como Amina seguirán viviendo —y sufriendo— en una crisis que, para el mundo, simplemente no existe.




