¿Qué es la Macaronesia?
Canarias, Madeira, Azores, Cabo Verde y las Islas Salvajes forman una región unida por su origen volcánico, su biodiversidad y una historia marcada por las rutas atlánticas.
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En el estudio de la geografía y las relaciones internacionales, los territorios insulares suelen quedar relegados a un segundo plano frente a los grandes Estados continentales. A menudo se los conoce, sobre todo, por su atractivo turístico, sus paisajes naturales o sus particularidades culturales. Los archipiélagos de Canarias, Madeira, Azores y Cabo Verde disfrutan, en efecto, de una amplia proyección internacional gracias a su clima, sus costas y su riqueza cultural. Sin embargo, son mucho más que destinos vacacionales.
Más allá de sus diferencias políticas y administrativas, estos archipiélagos comparten rasgos geográficos, ecológicos e históricos que permiten entenderlos como parte de una misma región: la Macaronesia. Situada en el Atlántico oriental, constituye un espacio de conexión entre Europa, África y América.
El nombre procede de la expresión griega Makárōn Nêsoi, traducida habitualmente como «Islas Afortunadas» o «Islas de los Bienaventurados». Los geógrafos de la Antigüedad empleaban esta denominación para referirse a las islas situadas más allá de las Columnas de Hércules, el actual estrecho de Gibraltar, que imaginaban como territorios fértiles y apacibles.
La Macaronesia engloba Canarias, Madeira, Azores, Cabo Verde y las Islas Salvajes, estas últimas sin población permanente. Todos estos territorios son de origen volcánico, una característica que ha dado lugar a paisajes y ecosistemas singulares, difíciles de encontrar fuera de estos archipiélagos.
No obstante, la región no constituye una unidad política. Canarias forma parte de España; Madeira y Azores son regiones autónomas de Portugal; las Islas Salvajes pertenecen también a Portugal; y Cabo Verde es un Estado independiente desde 1975. Pese a esta diversidad institucional, siglos de intercambios, rutas comunes y condiciones geográficas similares han consolidado una identidad regional propia.
La posición de la Macaronesia ha conferido a sus islas una importancia geoestratégica durante siglos. Desde el siglo XV, su ubicación a medio camino entre Europa, África y América las convirtió en enclaves fundamentales para la navegación oceánica. Durante la expansión marítima de las coronas castellana y portuguesa, funcionaron como puntos de escala y abastecimiento, donde las embarcaciones podían aprovisionarse antes de continuar sus travesías hacia las costas africanas o americanas.
Esta centralidad geográfica tuvo también un reverso oscuro. Los archipiélagos quedaron integrados en las dinámicas coloniales de la expansión europea y desempeñaron un papel relevante en las primeras etapas de la trata esclavista atlántica. Entre sus víctimas durante los siglos XV y XVI hubo tanto poblaciones del continente africano como habitantes indígenas de Canarias, entre ellos guanches, gomeros y bimbaches, que fueron capturados, vendidos o desplazados.
En la actualidad, la Macaronesia sigue siendo un espacio de conexión entre continentes. En un contexto de creciente competencia geopolítica, la estabilidad de las rutas marítimas resulta prioritaria para numerosas potencias debido al volumen del comercio internacional. Los puertos macaronésicos actúan como puntos de abastecimiento, apoyo logístico y asistencia técnica, por lo que su funcionamiento y protección han adquirido una relevancia cada vez mayor.
La migración es otra de las cuestiones que ha situado a la región en el centro de la agenda política. En los últimos años, la ruta atlántica hacia Canarias se ha convertido en una de las principales vías de llegada irregular desde África a Europa. Como consecuencia, las islas han asumido un papel creciente en el control fronterizo, el salvamento marítimo y la respuesta humanitaria.
Biodiversidad, desafíos y cooperación
La Macaronesia es también un referente internacional por su extraordinario valor científico y ambiental. Uno de sus ecosistemas más emblemáticos es la laurisilva, un bosque subtropical húmedo y de hoja perenne que hace millones de años se extendía por zonas del sur de Europa y del norte de África. Los cambios climáticos provocaron su desaparición en gran parte de esos territorios, pero logró sobrevivir en varias islas macaronésicas.
La región alberga miles de especies vegetales, muchas de ellas endémicas. Algo similar ocurre con la fauna, en la que destacan especies exclusivas como los lagartos gigantes de Canarias. El aislamiento insular favoreció procesos de evolución y especialización que explican esta elevada diversidad biológica.
Sin embargo, se trata de ecosistemas especialmente frágiles y expuestos al cambio climático, la presión humana y la introducción de especies invasoras. Por ello, los archipiélagos se han convertido en auténticos laboratorios para la investigación climática, la conservación de la biodiversidad y el desarrollo de soluciones adaptadas a territorios insulares.
Aunque cada archipiélago presenta sus propias particularidades, todos afrontan retos derivados de la insularidad. La dispersión territorial, los costes de transporte, la limitada conectividad y la dependencia exterior condicionan su desarrollo económico y social. A ello se suman los efectos del cambio climático, como la subida del nivel del mar, la alteración de los ecosistemas y la mayor exposición a fenómenos extremos.
La dependencia del turismo constituye otro desafío. Este sector genera empleo e ingresos, pero también aumenta la vulnerabilidad ante las crisis internacionales y puede favorecer modelos de crecimiento que encarecen la vivienda, presionan los recursos naturales o perjudican a la población local. En algunos territorios, la falta de oportunidades laborales impulsa además la emigración, especialmente entre los jóvenes.
La transición energética es igualmente prioritaria. El desarrollo de energías renovables puede reducir de forma gradual la dependencia de los combustibles fósiles importados. Al mismo tiempo, la economía azul ofrece un amplio campo de cooperación, al combinar actividades marítimas tradicionales con la investigación oceanográfica, la innovación tecnológica y la gestión sostenible de los ecosistemas marinos.
La existencia de problemas compartidos ha impulsado la colaboración entre los archipiélagos. Sin embargo, la Macaronesia no es una organización internacional ni una región política dotada de instituciones propias. No existe, por tanto, un marco permanente de gobernanza conjunta, lo que dificulta la continuidad de los proyectos y la aplicación de estrategias a largo plazo.
La cooperación se articula principalmente a través de acuerdos bilaterales y multilaterales, redes de colaboración y programas específicos. Uno de los más destacados es Interreg MAC, financiado por la Unión Europea y orientado inicialmente a Canarias, Madeira y Azores. Con el tiempo, el programa ha reforzado la participación de socios de África occidental, entre ellos Cabo Verde, Senegal, Mauritania, Gambia, Ghana, Costa de Marfil y Santo Tomé y Príncipe. Sus proyectos abarcan ámbitos como la cooperación empresarial, la salud pública, el desarrollo sostenible, la innovación y la digitalización.
La situación resulta paradójica: los territorios comparten una identidad geográfica e histórica, afrontan desafíos similares y poseen un notable valor estratégico y científico, pero carecen de una estructura institucional común capaz de dar continuidad a esa cooperación. La falta de cohesión política limita, por ahora, la posibilidad de construir un proyecto regional más ambicioso.
La Macaronesia obliga a revisar los estereotipos asociados a la idea de «periferia». En un mundo cada vez más interconectado, la distancia respecto a los centros tradicionales de poder no equivale necesariamente a irrelevancia. Las islas que durante décadas fueron percibidas como territorios remotos ocupan hoy una posición central en las rutas atlánticas y en las dinámicas que vinculan Europa con África occidental y América.
Comprender su realidad, sus desafíos y su potencial es fundamental para construir relaciones más estables y beneficiosas entre los distintos actores de la región. La Macaronesia no es un margen del mapa, sino un espacio estratégico desde el que observar y articular buena parte del futuro atlántico.



