En busca de una maleta perdida entre la destrucción y la devastación en Sudán
🇸🇩 Más de un millón de personas han regresado a la ciudad de Jartum, una ciudad donde casi nada sostiene ya la vida.
Una tribuna de Suha Diab, exresponsable de Asuntos Humanitarios de MSF en Sudán
En el verano de 2025, cuando Médicos Sin Fronteras (MSF) me preguntó si estaría interesada en volver a Sudán, dije que sí sin pensarlo. Había vivido y trabajado allí durante una misión anterior con MSF, entre septiembre de 2021 y marzo de 2023; tiempo suficiente para que Jartum empezara a resultarme familiar: las vendedoras de té, los puestos de falafel, las conversaciones en las azoteas hasta altas horas de la noche después del trabajo. Era una ciudad que se me fue metiendo poco a poco bajo la piel, hasta sentirse como un hogar.
Cuando terminé mi primera misión en Sudán, el 31 de marzo de 2023, dejé una maleta en el apartamento de MSF en Jartum. Dentro había dos cosas que me importaban mucho: un pañuelo azul índigo que una amiga muy querida me había regalado años antes, y un bolso de cuero marrón, un regalo de despedida de mi equipo sudanés cuando terminé la misión. La guerra, que estalló en abril de 2023, lo cambió todo. La maleta quedó allí, con un destino tan incierto como el del propio país.
Hoy casi 11,8 millones de personas han sido desplazadas dentro de Sudán; una cifra que equivale aproximadamente a un tercio de la población de Canadá, mi país de residencia. Cerca de 4,25 millones han tenido que cruzar las fronteras, mientras que millones más sobreviven en condiciones extremadamente precarias, expuestos a enfermedades prevenibles pero mortales. Lo que comenzó como una lucha por el poder se convirtió rápidamente en una guerra contra la población civil: un conflicto marcado por asedios, ataques con drones, hambre y la destrucción sistemática de servicios esenciales. Casi todos los que huyeron de Jartum regresaron más tarde para encontrar sus casas saqueadas. Muchos sudaneses hablaban de una ausencia silenciosa: de objetos, rutinas y pequeños rincones de la vida cotidiana que habían desaparecido.
Cuando llegué a Port Sudan el 3 de junio de 2025, la ciudad se sentía a la vez familiar y extraña. El calor era sofocante y el aire, denso de sal. Entre el personal encontré algunos rostros conocidos de mi etapa anterior en el país, personas cuyas vidas habían cambiado radicalmente en los dos años desde la última vez que nos habíamos visto. Casi todas habían sido desplazadas durante los asaltos a Jartum y a otras grandes ciudades en 2023 y 2024. Muchas habían tenido que trasladar a sus familias a países vecinos.
Las historias que me contaron eran estremecedoras: huir bajo el fuego, negociar el paso en puestos de control, despedirse a toda prisa en susurros o arriesgarse a peligrosos cruces fronterizos para poner a salvo a sus seres queridos. Algunos fueron golpeados, intimidados, interrogados o incluso encarcelados. Cada relato llevaba consigo su propia carga de valentía, agotamiento y pérdida.
Un par de semanas después viajé a Jartum con un colega. La ciudad era irreconocible: una ciudad vaciada por la guerra. Coches calcinados bloqueaban las carreteras, los edificios estaban acribillados por balas y barrios enteros permanecían en silencio. Incluso los gatos y los perros callejeros habían desaparecido. Mientras nos acercábamos, me sorprendí pensando en el apartamento y en la maleta que había dejado allí, un pensamiento trivial frente a tanta destrucción, y sin embargo imposible de apartar. Una pequeña parte de mí aún esperaba, de forma casi irracional, encontrarlo, como si pudiera desafiar lo que la guerra ya había dejado claro.
Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), más de un millón de personas han regresado a la ciudad de Jartum y a sus alrededores. Pero han vuelto a una ciudad donde casi nada sostiene ya la vida: sistemas de agua contaminados, calles llenas de artefactos explosivos sin detonar, mercados quemados y prácticamente ningún servicio sanitario en funcionamiento. Hospitales que antes sostenían el sistema de salud han sido destruidos, ocupados o abandonados.
El cólera, el dengue, el sarampión y la malaria siguen propagándose en oleadas recurrentes, alimentadas por el desplazamiento masivo, la falta de agua potable y el colapso de los sistemas de vigilancia epidemiológica. El hambre aguda también se ha disparado: más de 20 millones de personas afrontan ya niveles de inseguridad alimentaria considerados de crisis.
Doce días después de la caída de El Fasher, el 28 de octubre de 2025, volví a salir de Sudán con el corazón encogido. Seguían llegando informes de masacres, campos de desplazados incendiados y ejecuciones de civiles. Mientras leías las informaciones que llegaban desde Jartum, Darfur y Kordofán, reconocía un patrón que ya había visto antes: civiles pidiendo ayuda mientras el mundo duda, debate o mira hacia otro lado.
La sensación resultaba inquietantemente familiar, como hemos visto también recientemente en Gaza, donde la población soportó una violencia inimaginable a la vista de todo el mundo. Esa misma parálisis, ese mismo silencio, parecían repetirse aquí. Resulta sobrecogedor lo poco que aprendemos de nuestra propia historia, la frecuencia con la que el mundo espera hasta que las atrocidades se vuelven innegables, cuando ya es demasiado tarde para actuar, y entonces responde a regañadientes, si es que lo hace. Mientras los combates se extienden de Darfur hacia Kordofán, los civiles vuelven a quedar atrapados entre ataques con drones, asedios, ejecuciones, enfermedades y hambre. Los recuerdos de un tiempo más tranquilo, antes de la guerra, ahora parecen casi irreales.
Nunca encontré mi maleta. Entre los riesgos de contaminación y las restricciones administrativas, regresar al antiguo apartamento de MSF fue imposible mientras estuve allí. Algunos colegas internacionales bromeaban diciendo que seguramente habían visto mi pañuelo azul “volando por ahí” en el gran mercado de objetos robados de Jartum. Mis colegas sudaneses, en cambio, me animaban a no perder la esperanza; no por ingenuidad, sino porque de verdad querían que lo encontrara y creían que aún podía haber una posibilidad, por pequeña que fuera.
Me gusta pensar que tienen razón. Porque en esa silenciosa insistencia en la esperanza, incluso entre las ruinas, está la resiliencia que ha mantenido a Sudán en pie. Y quizá, solo quizá, esta guerra podría terminar, si quienes tienen el poder decidieran finalmente hacerlo: los mismos actores cuyas armas, financiación y silencio la han mantenido viva hasta ahora.


