Bobi Wine o Museveni 2.0: cómo la joven esperanza política en Uganda perpetúa una política personalista peligrosa para la democracia
🇺🇬 Uganda celebra elecciones con el joven cantante como la gran apuesta para acabar con el régimen, pero su movimiento repite la historia 40 años después
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He de admitir que hace ya casi seis años estaba fregando en casa, poniéndome gel hidroalcohólico y enganchado a esta canción de Bobi Wine. En tiempos de confinamiento, daba un rollazo increíble. “La mala noticia es que todos somos una potencial víctima, pero la buena es que todos somos una posible solución”.
El ritmo era tan pegadizo que hasta la UNESCO cogió la canción para concienciar a la población por la pandemia del covid-19. Bobi Wine, que ya era un cantante famoso y una figura política al alza, consiguió con su voz llegar a todo el mundo, pero en esa primera frase resumió no solo el problema con el covid-19, sino también un mensaje de esperanza a su pueblo: todos podían ser la solución a la dictadura de Yoweri Museveni.
Menos de un año después, el 14 de enero de 2021, Uganda fue a elecciones presidenciales. Por primera vez desde su llegada al poder en 1986, Museveni se enfrentaba a un rival que no provenía ni de su movimiento político ni del universo de la lucha armada que lo llevó al poder. Robert Kyagulanyi, conocido como Bobi Wine, emergía como la encarnación de una nueva política: joven, popular, urbano y aparentemente ajeno a las viejas estructuras del régimen.
Bobi Wine es la esperanza, Museveni el viejo dictador que se aferra al poder. En 2021, Bobi Wine fue arrestado hasta en nueve ocasiones y sufrió un disparo que casi acaba con su vida. A pesar de su popularidad, Museveni consiguió aferrarse al poder con unos resultados oficiales que le dieron un 58% de los votos por un 38% de Bobi Wine. El joven no consiguió vencer la represión del Estado, y dieron igual al dictador la muerte de decenas de jóvenes.
Ahora, más allá del ansia de cambio, si hacemos un análisis más atento de su trayectoria política y de la forma en que estructuró su desafío revela menos una ruptura que una reproducción del mismo patrón personalista que ha definido la política ugandesa durante casi cuatro décadas.
Más que un enfrentamiento entre proyectos de país o entre partidos consolidados, las elecciones de 2021 y estas que se celebran el 15 de enero de 2026 vuelven a girar en torno a dos figuras individuales. Museveni frente a Bobi Wine. El presidente contra el aspirante a “libertador”. El pasado contra el futuro. Pero, como ha ocurrido repetidamente en Uganda, el debate político quedó atrapado en la lógica del individuo carismático, no en la fortaleza institucional ni en la confrontación programática.
Bobi Wine: un liderazgo construido desde el yo
Bobi Wine era un simple cantante, “hijo del gueto”, que cantaba contra la falta de oportunidades y la corrupción del gobierno. Cuando decidió dar el salto a la política en 2017, no accedió a través de un partido ni de una organización ideológica, sino desde como candidato independiente, con su único capital personal como músico, activista y figura pública. Su victoria en una elección parcial le permitieron entrar en el parlamento y de ahí comenzó su ascenso fulgurante.
En 2018 dio un paso más creadnos el movimiento People Power, Poder del pueblo. No se trata de un partido con estructuras claras, ideología definida o mecanismos internos de deliberación, sino de una plataforma flexible diseñada para orbitar alrededor de su figura. Su lema, su simbología y su discurso se construyen en torno a la experiencia personal de Bobi Wine y a su biografía como “hijo del gueto” que desafía a una élite envejecida.
Incluso cuando decidió competir oficialmente por la presidencia, Bobi Wine no creó un nuevo partido desde cero, al estar obligado a concurrir bajo unas siglas, ni se integró en una organización opositora existente, sino que se adhirió a un partido menor, el National Unity Platform (NUP), que pasó a ser indistinguible de su liderazgo personal.
De este modo la nueva política repite la vieja: la debilidad estructural de los partidos, un rasgo histórico de la política ugandesa que la figura de Bobi Wine profundiza. El NUP no compite como partido frente al NRM; compite Bobi Wine frente a Museveni. Las lealtades, la movilización y las expectativas se concentran en la persona, no en la institución, y de ahí que nacen líderes personalistas y con demasiado poder en su figura que crean seres autoritarios a largo plazo, como se ha visto con Museveni.
La herencia del sistema sin partidos
Antes de la llegada de Museveni al poder en 1986, Uganda había experimentado en 24 años tres períodos diferentes de dictadura entre dos hombres que explotaron y profundizaron las divisiones étnicas presentes desde la época colonial.
El primer primer ministro y luego presidente del país, Milton Obote, se apoyó en la comunidad acholi del norte y en su grupo étnico, los langi. Se enfrentó directamente al Reino de Buganda en el sur y a los privilegios que este había fomentado durante la época colonial, cancelando todos los reinos y arrestando y procesando a sus miembros.
Cuando Idi Amin llegó al poder en 1971, continuó su tendencia, pero a la inversa, incluso de forma más brutal y violenta. Persiguió y asesinó a los acholi y los langi y volvió a otorgar privilegios a los baganda y al grupo étnico kakwa, al que él pertenecía. Cuando Obote regresó en 1981 tras la expulsión de Amin, la situación cambió de nuevo.
Este enfrentamiento reforzó la división norte-sur, dejando entre la población la sensación de que si su comunidad triunfaba, el otro grupo perdía. Esto dejó profundas huellas en la población y dificultó el surgimiento de una identidad nacional unida.
El primer movimiento de Museveni, el Frente para la Salvación Nacional, tenía su base entre la población occidental de Banyankole y Banyarwanda. Cuando llegó al poder con el NRM en 1986 tras una ofensiva al estilo de los movimientos de liberación del sur de África muchos pensaron que esta comunidad serían la única beneficiada, pero a pesar de haberles otorgado a estos miembros de tribus los puestos más altos en las fuerzas de seguridad, incluso hasta la fecha, el nuevo líder impulsó un cambio en la política que Bobi Wine, inconscientemente o no, reproduce.
Reconociendo su falta de control sobre toda la población y la necesidad de legitimar su régimen, Museveni avanzó astutamente hacia una coalición inclusiva y de base amplia con todas las fuerzas excepto la de Obote.
Entonces defendió que la manera de acabar con el faccionalismo étnico era adoptar un sistema sin partidos. En 1997, promovió la Ley del Movimiento, por la cual todas las personas podían ser miembros del Movimiento unido que él dirigía.
Comprender las consecuencias del sistema de Movimiento es vital para comprender cómo han sido la política y las elecciones en Uganda tras la reintroducción del multipartidismo en 2005. Al sostener su régimen bajo un movimiento y un sistema, y no como un partido político, Museveni eliminó cualquier postura ideológica asociada con el NRM, ya que este supuestamente incluía a todo tipo de personas y pensamientos. Con la llegada de la política partidista, votar por el NRM se alineó con el apoyo a un sistema que rechazaba el faccionalismo étnico y había aportado estabilidad a los diferentes grupos en Uganda.
Ahora, el efecto a largo plazo fue una cultura política profundamente individualizada, donde el liderazgo personal prevaleció sobre cualquier forma de organización colectiva. Cuando el multipartidismo se reintrodujo, las elecciones presidenciales posteriores se estructuraron siempre como duelos personales: Museveni contra Kizza Besigye, y más tarde Museveni contra Bobi Wine.
Paradójicamente, Bobi Wine se inserta perfectamente en este molde. Aunque se presenta como un agente de cambio, su forma de hacer política reproduce las reglas no escritas del sistema que dice combatir. En lugar de desafiar la personalización del poder, la refuerza.
El espejo de Museveni joven
La comparación entre Bobi Wine y el Museveni de finales de los años ochenta resulta inevitable. Ambos irrumpen como figuras antisistema, ambos se presentan como salvadores nacionales y ambos articulan su legitimidad en torno a una narrativa de liberación. Museveni hablaba de liberar Uganda del autoritarismo y del caos; Bobi Wine habla de una “tercera liberación” para la juventud nacida bajo el régimen del NRM.
El paralelismo no se limita al discurso. Museveni también llegó al poder rechazando los partidos tradicionales, despreciando la política convencional y presentándose como la única figura capaz de garantizar estabilidad. Con el tiempo, ese liderazgo personalista se consolidó en un régimen que combina elecciones formales con control férreo del Estado. Bobi Wine, aunque situado en el extremo opuesto del espectro generacional, adopta una lógica similar al centrar su proyecto político en su figura y no en la construcción institucional.
El peligro del personalismo
El propio Museveni es un ejemplo claro de cómo el personalismo permite mutaciones ideológicas sin un coste político significativos. En su famoso libro de 1992 What is Africa’s problem?, el presidente ugandés criticó abiertamente a los líderes africanos que se perpetuaban en el poder y defendió la rotación política.
Ahora, con el paso del tiempo, se desdijo. Poco a poco fue eliminando los límites del mandato presidencial y luego los límites de edad para ser presidente. Tanto que aparece en 2026 como candidato a sus 81 años, buscando repetir hasta 2031.
Estas transformaciones fueron posibles precisamente porque el poder no estaba anclado a un proyecto partidario coherente, sino a la figura del líder. Museveni pudo cambiar de opinión, de discurso y de alianzas sin perder el control del sistema. La lección implícita es clara: en Uganda, la política del individuo es más resiliente que la política de las ideas.
Porque si analizamos un poco las políticas de Bobi Wine, no hay una clara idea. El objetivo es acabar con el régimen, y aunque tiene bastantes apoyos en Occidente, su programa de gobierno no es lo que convence a la gente, sino la idea de quitar a Museveni.
Es más, precisamente es la falta de una alternativa política más allá de ser él mismo la alternativa lo que destaca de Bobi Wine, quien al apostar por un liderazgo personalista, se expone al mismo riesgo que acabar como Museveni. Sin estructuras que lo trasciendan, su proyecto depende de su capacidad de mantenerse como símbolo, de resistir la represión y de conservar la movilización emocional de sus seguidores. El día que su figura se desgaste o desaparezca del centro del escenario, el movimiento corre el riesgo de diluirse.
Continuidad bajo la apariencia del cambio
Las elecciones de 2021, lejos de inaugurar una nueva era, confirmaron la persistencia de una política centrada en líderes carismáticos y partidos débiles. En estas de 2026, la cosa no ha cambiado.
Bobi Wine representa un cambio generacional real y canaliza frustraciones profundas, pero lo hace dentro de un marco político diseñado por Museveni y que sigue favoreciendo al incumbente.
La paradoja es evidente: el principal desafío al régimen reproduce muchas de las lógicas que han permitido su longevidad. Así, el enfrentamiento entre Museveni y Bobi Wine no es solo un choque entre generaciones, sino también un diálogo entre dos versiones de un mismo modelo político, separadas por 35 años de experiencia en el poder.
En ese sentido, Uganda no asiste con Bobi Wine a una nueva política, sino a un relevo de una política basada en el liderazgo personalista que no augura un futuro halagüeño y estable a la democracia. Con Bobi Wine no prima un sistema estable que sea férreo ante futuros líderes dictatoriales, sino otro líder carismático que emerge como la única esperanza de un pueblo oprimido. El Museveni de 1986 es el Bobi Wine de 2026.
La gran incógnita de cara al futuro no es solo si Bobi Wine podrá vencer a Museveni o a su eventual sucesor, sino si será capaz de romper con la lógica del individuo providencial y construir algo que el propio Museveni nunca quiso —o nunca pudo— dejar atrás: instituciones políticas que sobrevivan a sus líderes.




