Africa: El hambre no es una fatalidad, es una elección política
🌍 Hoy, 25 de mayo, África celebra su fuerza y diversidad mientras enfrenta una crisis alimentaria evitable: el hambre. Menna Seged, de Acción contra el Hambre, reclama decisiones urgentes.
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Por Menna Seged, responsable de Incidencia de Acción contra el Hambre en África
Cada 25 de mayo, el Día Mundial de África nos invita a celebrar la vitalidad, la diversidad y el potencial de un continente que es clave para el futuro global. Yo nací en África, y sé bien que esa mirada es verdadera. Pero también sé que convive con otra realidad que no siempre ocupa titulares y que, con el tiempo, corremos el riesgo de aceptar como inevitable: el hambre.
No lo es.
El mundo produce alimentos suficientes para todos. Por eso, cuando más de 100 millones de personas en África viven en situación de crisis alimentaria —el 60% del total global—, no estamos ante una falta de recursos, sino ante una falta de voluntad y entorno propicio. El hambre no es una fatalidad: es una elección política.
Para mí, no es una cifra. Es una sensación que afecta a millones de personas: la incertidumbre de no saber cuándo llegará la próxima comida. Hoy, países como Nigeria, la República Democrática del Congo o Sudán concentran a millones de personas en niveles críticos de inseguridad alimentaria. Solo en Nigeria, cerca de 30 millones de personas luchan cada día por algo tan básico como alimentarse.
Sudán representa hoy el rostro más extremo de esta crisis. En todo el mundo solo ha habido tres hambrunas oficialmente declaradas este año, y dos han estado allí. Una hambruna es el último aviso, el punto en el que todo empieza a romperse: los sistemas, los mercados, las familias. Que ese “botón rojo” haya saltado dos veces en el mismo país debería sacudirnos mucho más de lo que lo está haciendo.
Mientras tanto, sobre el terreno, la vida se vuelve insoportable. Compañeros con los que trabajo en Sudán me cuentan cómo las familias, cuando ya no queda nada, comen hierbas o incluso pienso para animales para engañar al hambre. No son escenas aisladas: son decisiones desesperadas en contextos donde ya no hay alternativas.
Y no ocurre solo en Sudán. En el Sahel —en países como Mali, Níger, Mauritania o Senegal—, el hambre se agrava por una combinación de crisis que se retroalimentan: sequías, conflictos y una economía global que encarece los alimentos justo cuando menos pueden permitírselo. Lo que ocurre a miles de kilómetros —en rutas comerciales o conflictos internacionales— termina vaciando los platos en estas comunidades.
Lo más difícil de aceptar es que muchas de estas crisis son previsibles. Existen datos, sistemas de alerta y señales claras con meses de antelación. Sabemos lo que va a pasar y, aun así, no actuamos a tiempo. En 2015, el mundo se comprometió a erradicar el hambre para 2030 dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Hoy sabemos que esa meta es inalcanzable. No hemos puesto en marcha las políticas ni la financiación necesarias y, de hecho, estamos retrocediendo. El año pasado apenas se cubrió el 20 % de la financiación humanitaria global necesaria, agravado además por recortes drásticos como el de Estados Unidos. Esto obliga a decidir qué crisis son “prioritarias” y, demasiadas veces, África queda fuera.
Como mujer africana en este sector, también duele ver la creciente politización de la ayuda. Reducir la cooperación y las inversiones básicas por razones diplomáticas destruye avances de décadas, mientras algunos gobiernos africanos siguen negando necesidades humanitarias o restringiendo el acceso a las comunidades. Al final, las consecuencias siempre las sufren las poblaciones más vulnerables.
¿Cómo se le explica todo esto a una madre en Mali o en Níger que sus hijos seguirán pasando hambre? No se puede. No hay argumento que justifique que la ayuda llegue tarde, cuando el daño ya es irreversible para el desarrollo de un niño. O que nunca llegue.
Frente a esta realidad, desde Acción contra el Hambre no miramos hacia otro lado. Nuestros equipos están donde más se necesita. En primera línea: tratando niños con desnutrición aguda en Níger, apoyando a personas desplazadas en Mauritania, llevando atención sanitaria a comunidades aisladas en Sudán a través de clínicas móviles. Es un trabajo constante, muchas veces invisible, pero absolutamente esencial.
Pero no basta.
No podemos seguir confiando únicamente en la capacidad de resistencia de las comunidades africanas. Esa resiliencia, que tantas veces admiramos, no puede convertirse en una excusa para la inacción.
Necesitamos que los compromisos nacionales internacionales se conviertan en decisiones reales. En financiación sostenida. En políticas que protejan los sistemas alimentarios, de salud y agua y refuercen a las comunidades antes de que colapsen. Porque el hambre no es inevitable. Es el resultado de decisiones.
Y si es el resultado de decisiones, también está en nuestras manos cambiarlo.

